Por: Jesus Méndez (Chuchoco)
El pasado Domingo 29 de Marzo y en una tarde cargada de jolgorio choco, me encontré al pie de la explanada del Museo Regional de Antropología Carlos Pellicer Cámara, rodeado de ese ambiente tan nuestro, tan tabasqueño, donde la música no solo se escucha… se siente. El motivo era especial: “Chico Che por siempre”, un homenaje a 37 años de la partida de quien sigue siendo un ícono en nuestra tierra. Un personaje al que le guardo un enorme cariño, no solo por su música, sino por la cercanía que su legado ha tenido en mi vida y en mi grupo de Tamborileros Son Chontales.Llegué primero con mi hija su mirada, llena de
asombro, recorriendo cada rincón donde veía a parejas que bailaban sin pena
alguna, sin prisa, como si el tiempo se hubiera detenido. Me miraba buscando
respuestas, y fue ahí donde le dije, casi como quien comparte un secreto: “esto que estás viendo es lo que lograba Chico Che…
hacía que todos se olvidaran de todo y simplemente disfrutaran en un ambiente
fiestero”. En ese instante sentí que no solo estábamos viendo un evento,
sino viviendo una herencia.
A las seis de la tarde comenzó todo. El lugar
se llenó de colores, de sonrisas, de generaciones enteras reunidas por una
misma razón. Ver a tantas personas vestidas con overol, lentes y bigote era
como ver a Chico Che multiplicado entre la gente, caminando entre nosotros,
vivo en cada paso, en cada risa, en cada baile. Los acordes de “Quién pompó”,
“¿Dónde te agarró el temblor?”, “La boleada” y “La estaca” hicieron lo suyo:
nadie pudo quedarse quieto.
La música continuó con la participación de agrupaciones como, Matty Palafox,
Karmito Jr. y Los Supremos, Fusión Mezcal, José Antonio Acosta, Lupita Oliva y
Grupo Guayacán, todos ellos dejando claro que el legado musical de Chico Che
sigue más vivo que nunca. Cada interpretación llevaba ese sello inconfundible
que ha trascendido generaciones.
Por un momento tuve que alejarme, pero regresé casi de inmediato, ahora
acompañado de mi esposa. Era como si algo me jalara de vuelta, como si no
quisiera perderme ni un segundo de lo que estaba ocurriendo.
Y entonces, el ambiente cambió por completo.
Eugenio Flores apareció en escena y bastó el
sonido de su saxofón para que todo cobrara otra dimensión. No era solo música…
era memoria viva. Pensar que ese mismo saxofón acompañó a Chico Che en vida le
daba un peso distinto a cada nota. El público se entregó sin reservas, y yo
también. Nadie quería que terminara. Los gritos de “¡otra, otra!” retumbaban
con fuerza, como si quisiéramos alargar ese momento para siempre. Se despidió
con “Quién pompó”, pero la emoción se quedó flotando en el aire.
La noche siguió su curso con cada agrupación
dejando su esencia, pero todas con un mismo hilo conductor: el legado de Chico
Che. Uno podía sentir cómo su música sigue latiendo fuerte, no solo en quienes
lo vivieron, sino en quienes lo han aprendido a querer con el paso del tiempo.
El cierre llegó con una carga emocional
especial. Chico Che Chico subió al escenario y desde el primer instante se
sintió esa mezcla de orgullo, responsabilidad y amor. Vestido como su padre,
con esa energía que llena el escenario, arrancó con “El restaurancito”. Un
pequeño fallo técnico intentó interrumpir el momento, pero no pudo con la
fuerza de lo que se estaba viviendo.
Al terminar la canción, tomó la palabra y, en nombre de su familia,
compartió que, aunque ese día siempre ha sido doloroso para ellos —pues desde
niño recibió la noticia del fallecimiento de su padre—, esta ocasión era para
celebrar su vida y legado. Posteriormente, subieron al escenario autoridades y
familiares: la secretaria de Cultura, Lic. Aida Elba Santiago Castillo; la señora
Concepción Rodríguez, doña “Concha”; el subsecretario Salvador Manrique; y
Harley Gabriel, otro de los hijos de Chico Che. Visiblemente emocionada, doña
Concha expresó su gratitud al público por mantener vivo el recuerdo de su
esposo, a pesar de la tristeza que aún la acompaña.
En representación del gobierno, la secretaria de cultura se agradeció a
la familia por sumarse a esta iniciativa y se destacó que este festival llegó
para quedarse. Todo culminó con el grito legendario de “¡Fuego!”, encendiendo
aún más el ánimo de todos los presentes.
Uno de los momentos que más me tocó fue cuando
Chico Che Chico invitó a Karmito Jr. y le dijo “primo”. Este ultimo hijo de
otra leyenda musical como lo fue su padre Karmito y su grupo Los Supremos, no
fue solo una palabra, fue un puente entre generaciones, entre historias
compartidas. Al sonar “Mango Manila”, el ambiente explotó en alegría. Luego
vino “La mata de mota” y la fiesta se desbordó aún más.
Ver a los niños caracterizados como Chico Che
fue, quizá, uno de los símbolos más claros de todo lo que significa este
legado: no se ha ido, se está sembrando.
Cuando invitó a músicos como Silvano Zenita y
al mismo Eugenio Flores, y este último habló de la estafeta que ahora carga
Chico Che Chico, sentí que estaba presenciando algo más grande que un
concierto… era una transición, una continuidad.
“Pena que da la vida” trajo un respiro
emocional, “La Muralla” nos regaló un momento entrañable con un niño coreando,
y el cierre con “Amanecer de mi tierra” y “A Tabasco”, junto a Matty Palafox,
fue simplemente perfecto.
Esa noche no solo fue una verbena popular. Fue
un encuentro con la memoria, con la identidad, con lo que somos como
tabasqueños. Me fui con el corazón lleno, con la certeza de que Chico Che no se
ha ido… porque vive en su música, en su gente y ahora también en los ojos
sorprendidos de mi hija.
Y estoy seguro de algo: fue una noche que nadie olvidará, pero sobre todo, una noche que acercó aún más a su hijo chico che chico con su pueblo.

