24 may. 2010

EL MERCADO PINO SUÁREZ Y SUS DELICIAS

Los mercados son de algún modo la casa grande del pueblo, la que muestra su alma, conserva sus raíces y el verdadero rostro de su ser y de su comer, además, punto de partida para valorar la economía del lugar donde está ubicado.

Allá por los años 40's, Villahermosa tuvo en pleno corazón de la ciudad un rico mercado conocido con el nombre de "Gregorio Méndez", construido en la segunda mitad del siglo pasado, a muy pocos metros del palacio de Gobierno. Y como todos los mercados del mundo, en sus aceras y entorno, pululaba multitud de vendedores ambulantes ofreciendo su disímbola mercancía. Y, desde luego, además de los puestos fijos interiores existían aquellos que lo rodeaban como un ancho y multicolor cinturón, en ellos por lo general se vendía jugos de frutas, helados, horchatas, golosinas de hechura casera, pan de nata, marquesote, rebanadas de tortas de maíz nuevo, tortitas de yuca, copas nevadas, hojaldras de pollo o de jamón, pastelitos inflados, aguas frescas de jujo, piña, naranja, limón, marañón, guanábana, sandía, pitahaya y melón, sin faltar el agua de coco, los coloraditos y el pozol.

Al crecer el movimiento comercial en el centro de la ciudad a principios del presente siglo, fue insuficiente ese mercado, teniendo las autoridades a bien construir frente al costado oriente del Parque Juárez, el que después se llamaría "José María Pino Suárez".

El mercado "Pino Suárez" era un galerón con techo de dos aguas, con bastante luz y ventilación y de elevada altura acorde a nuestro clima; tenía definidas sus áreas: comedores, abarrotes, carnicerías, pescadería, vísceras, aves de distintas especies y sabores. Casi todos los puestos tenían sus paredes cubiertas de mosaico blanco hasta determinada altura, los abarroteros acostumbraban proteger los suyos con malla de alambre, misma que aún utilizan.

Un gran espíritu de hermandad existía entre la familia casera; los nagateros que así se les llamaba a quienes expendían carne de res, y matapuercos a quienes comerciaban carne de cerdo, todos eran personas conocidas.

¡Ah! y la comida, no se come en ningún lugar del mundo, ni en el más caro restaurante del universo, nada tan sabroso como lo que allí en el mercado se cocinaba.

Los mercerilleros no podían faltar en ese pequeño mundo, con sus cintas de colores, pasadores y horquillas, vaselina verde en unas latitas como de aluminio, aretes de piedras multicolores, collares de soplillo o de cuentas, hilo vela para bordar, carretes de madera con hilo "La Cadena", botones para las camisas y los vestidos acomodados en cajitas de cartón; cartillas de lotería, naipes, así como canicas de cristal y mil chucherías mas.

Los tamales domingueros de pavo o puerco con su guiso coloradito y su presa de carne dentro, envueltos en hoja de plátano que vendían a las puertas de la entrada principal del mercado. Allí estaban también las pozoloras con sus apastes de barro llenos de la preciada bebida.

Eran muchos más venteros, casi siempre chamacos o chamacas, así como personas mayores que sin lugar fijo se acomodaban como podían, según iban llegando; ellos eran los vende chiles que en montoncitos los distribuían en su pequeño espacio, ya fuera a ras de piso o sobre cajones, pero siempre encima de hojas de plátano; con ellos se podía comprar una gran variedad de productos.

La variedad de frutas tropicales constituía un paisaje de colorido fantástico, digno del mejor pintor; entre esa amalgama de sabores podía uno escoger según la temporada.

Otras especies comestibles de múltiples formas también hacían acto de presencia: bolas de castaña, castañas cocidas o crudas, mazorcas de cacao, también chinines y aguacates, las relucientes berenjenas, frijol de vara, jícamas, cuajilote, jondura hervida.

Los carretilleros y cargadores eran personajes vivos de ambiente, eran los transportistas de todo cuanto había que trasladarse o cargarse.

Pululaban también los merolicos vendiendo medicinas milagrosas; entre ellas lombriceras y para darle credibilidad al producto exhibían los horrendos parásitos en frascos transparentes.

Otro grupo lo constituían los vende dulces, quienes exponían su mercancía en bandejas, platones, puncheras o palanganas de peltre, dulces que eran acomodados y cubiertos con papel estraza o una tapadera de miriñaque; por ahí andaban los vende pirulí y los que en una batea pequeña de madera ofrecían el dulce de batea que partían en pedazos con gran dificultad, según la cantidad requerida por el cliente, así como otra elaborada con pataste que se vendía de igual manera; la primera era de color blanco y la otra de tono crema, a la primera, solían ponerle a la pasta trozos de almendra o cacahuate.

Cómo olvidar a los vendedores de batidores y molinillos de madera, de petates y de abanicos de guano para soplar el anafre, de canastas y canastos, palancas de madera con horquetas y sacudidores de plumas de pavo; ellos recorrían incansablemente todos estos rumbos tratando de vender sus enseres, así como trabajos manuales hechos con palma.

Las tiendas de abarrotes de mayor importancia que se encontraban a pocos metros de allí eran la de don Bartolo Noguera donde se podía comprar desde un cepillo para la ropa, un sosquil, un diez de sal y todo cuanto era necesario para abastecer las necesidades de una familia.

¡Y claro! no podían faltar los peluqueros , los aseadores de calzado o boleros, el zapatero remendon, los personajes especiales , los vendedores de billetes y el cartero.

Dentro de los negocios que formaban parte del entorno comercial del mercado están la fábrica de velas y veladoras "La Favorita", La Reina", como se denominaba y "Reina de las veladoras" "Frutas y Legumbres","La Flor del Trigo", y por supuesto que no podemos dejar de lado las boticas.

El doce de diciembre de cada año y para las fiestas de Navidad, los placeros llenaban de adornos y música el mercado; a veces tocaba la marimba, otras veces se cooperaban para que los carros de sonido que solían pararse enfrente de las puertas de entrada para vocear los anuncios comerciales, ofrecieran sólo música unas horas, ésta era siempre guapachosa.

Había muy pocos mendigos en esa área, en todo Tabasco, antes, el mendigo pedía la caridad de pie, tocando las puertas de las casas los días sábados, sin mostrarse andrajosos sino lo más presentable posible.

Después del cambio de lugar del Pino Suárez, este espacio fue ocupado por las oficinas del Ayuntamiento de Centro, dado que el anterior, bellísimo edificio, había sido demolido para darle lucimiento a la iglesia de la Concepción (La Conchita) que anteriormente quedaba en la parte posterior de la señorial construcción destruida. También después este lugar fue ocupado por la biblioteca "Manuel R. Mora" y hoy lo ocupa un funcional Centro Cultural.

Puntualmente el mercado era abierto al público y a los comerciantes a las cuatro de la mañana, pues el campesino tiene como costumbre madrugar para evitar que la fuerza solar lo alcance en el camino o a media tarea agrícola, así que tiene que ganarle tiempo a la hora pico. Y era cerrado de seis a siete de la tarde, sin que en su entorno quedara ni basura, ni enseres, ni vendedores.

Después de años, la ciudad siguió creciendo y el mercado central y su mundo mágico se fue esfumando hasta ya no volver a ser el mismo. Al parecer el destino de ellos es seguir caminando cada vez más lejos donde no estorben a los modernos supermercados sin alma y sin historia. Acaso ese sea el destino del que fuera el nuevo y hoy añoso, Pino Suárez, pero lo que nunca habrá de cambiar es el alma del pueblo que habita en ellos, esa que siempre vivirá a pesar de todos los pesares.

En tanto, el mercado, el viejo Pino Suárez que cobró vida enfrente del Parque Juárez, seguirá siendo el más bello, el más humano de cuantos hayan existido en el mundo. Lástima que se esfumó como los sueños y los tiempos felices de la Villahermosa de ayer, la de los 40's, ésos en los que las pandillas, los niños de la calle, la drogadicción, las discos, la modernidad y el petróleo, no nos habían avasallado, ni empañado nuestra forma de vida tranquila y provinciana. Esa que perdió su "adiú", sus vueltas en los parques, sus amorosas serenatas, sus mecedoras en la puerta de las casas, su calor humano y su abundancia de peces y de frutos, música de pianos y marimbas, alegría de vivir sin miedo ni sobresaltos, de cultivar jardines y de prenderse flores en el cabello.

2 comentarios:

  1. Wow!! Excelente artículo Jess!! Nomás de leer las líneas donde describes las delicias del mercado me ha dado mucha hambre!!! haha..ojalá vuelva a pisar suelo choco para deleitarme con esos sabores tan agrestes...Buena vibra.

    ResponderEliminar
  2. Muy interesante y colorido el articulo, nada mas que la que lo escribio no fuiste tu sino la señora Gabriela Gutierrez Lomasto, la cronista de la ciudad de villahermos, puedes corroborarlo en la pagina del Gobierno de Tabasco SAF, ok?? Saludos.

    ResponderEliminar

Nos interesan Tus comentarios y son importantes para mejorar este sitio web

Mas Articulos