3 nov. 2009

Las voces de la naturaleza

VIII

FAUNA DE TIERRA, DE AIRE Y DE AGUA.


La fauna tabasqueña, tanto acuática como terrestre, es variada y fascinante. La mayoría de la población animal está estrechamente vinculada con la vegetación selvática que cubrió, en otra época, casi todo nuestro territorio. Ahora sólo se da, en aquellas condiciones originales, en las riberas del Usumacinta, entre Tenosique y Balancán, muy escasamente habitadas por el hombre.


La cacería y los desmontes para albergar el ganado, han diezmado la fauna propia de la vegetación selvática; sin embargo, subsisten, aunque en número menor, casi todas las especies que antaño poblaron nuestras tierras. Aquí contrastan la elegancia de la garza y la belleza multicolor del loro y el papagayo, con el temible aspecto de serpientes ponzoñosas que reptan disimuladas entre la hierba al acecho de algún despistado animal; la dulzura de los trinos del zenzontle, la calandria, el ruiseñor y el cardenal, con los gritos de los monos – ya escasos – que saltan de rama en rama; la agilidad del venado y el ocelote, con la torpeza de la tortuga, en todas sus variedades: la hicotea o jicotea, el pochitoque, el guao y el chiquiguao.

Tiempo atrás, en los lugares más apartados, podíamos contemplar el espectáculo de soñolientos lagartos que disfrutaban del son en los playones que forman los grandes ríos en su recorrido, o en los pantanos que abundan en la zona. En la selva se escucha aún el canto de pájaros, que a ciertas horas del día y antes de que entre la noche pueblan el silencio; más tarde, entre las sombras y grillos nos recuerdan que todo está vivo a nuestro alrededor.

Como es propio de los climas tropicales húmedos, numerosos insectos habitan estas tierras. Las hormigas, en su afán por conseguir alimento y por construir o resguardar su hormiguero, hacen alarde de tal coordinación y conjunción de esfuerzos para alcanzar su meta, que merecerían ser imitadas por el hombre. También las abejas dan la imagen de una organización ideal. Moscas y mosquitos, en cambio, pueden llegar a ser una verdadera plaga y un atentado a la salud de los hombres. Luciérnagas y cocuyos (o cucayos) brillan en la oscuridad: pequeñas luces que se pierden entre árboles y arbustos y que se reflejan en las aguas de lagos y ríos. Las mariposas policromas pueden confundirse con los múltiples colores de la vegetación. Las perniciosas garrapatas azote del ganado y la tarántula, arácnido dañino, a la que por aquí le dicen “yerba”, deben ser combatidas.

Interminable sería una lista que incluyera las aves que habitan en Tabasco. Las hay de múltiples tamaños y colores; de dulces y melódicos trinos y otras cuyas voces mueven más a la melancolía como el tecolote y la lechuza; abundan aves acuáticas como el martín pescador, la grulla, el pelícano y diversas especies de patos, incluyendo el “pijije” criollo; aves parlanchinas como la cotorra, el loro, la chachalaca y la tutupana; otras con certero vuelo como el gavilán; de vistoso plumaje como el quetzal, el tucán y el guacamayo; de rapiña, como el zopilote y el quebrantahuesos. Las garzas, infatigables compañeras del ganado, liberan a las reses del tormento de las garrapatas.

Abundan en Tabasco mamíferos de las más diversas características: desde una pequeña ardilla que mide no más de 40 centímetros, hasta un tapir que alcanza dos metros de longitud. Los monos y las ardillas son los principales mamíferos habitantes de la selva. Quedan pocos zaraguatos, en los manglares cercanos a la costa y en la selva del Usumacinta; abundan más los pequeños monos – araña. En los inmensos pastizales vive y se reproduce el ganado bovino, de distintas razas, aunque es el cebú el que mejor se ha adaptado al calor tabasqueño. El borrego Tabasco soporta también los rigores de nuestro clima.

Entre los felinos, además del gato común que con frecuencia suele ser la mascota de una familia, podemos hallar todavía magníficos ejemplares de ocelotes (tigrillos) mientras que el jaguar casi ha desaparecido. La cacería indiscriminada de estas especies amenaza con extinguirlas completamente.

No demasiado grandes pero sumamente ágiles son los venados que aquí habitan. El venado “cola blanca”, que llegó del norte, reside aún en las fronteras entre selva y sabana y entre los arbustos de las zonas pantanosas pero también está amenazada su sobrevivencia por la captura excesiva. En ríos y lagos podemos observar a las juguetonas nutrias o perros de agua.

El jabalí es un raro espécimen que se parece al cerdo doméstico; posee una gran velocidad y generalmente anda en manadas guiadas por un jefe, el jabalí “tamborcillo”. Pero son pacíficos y sólo atacan cuando son agredidos, caso en el que pueden resultar sumamente peligrosos. También abundan, el puerco de monte, el armadillo o jueche y el conejo, mientras que el tapir o danta casi ha desaparecido.

Las serpientes, en su gran mayoría, son temibles por lo activo de su veneno. En nuestra tierra existe una gran variedad de ellas, entre las que destacan la nauyaca, la coral o coralillo y la víbora sorda. La masacúa y la boa constrictora no son venenosas. Contra lo que suele creerse, la serpiente no es animal traicionero; muerde sólo si es atacada o perturbada, pero jamás lo hace porque sí.

Las especies acuáticas abundan en los innumerables ríos y lagunas, además de las que habitan en el mar. Deliciosas al paladar son las distintas variedades de mojarras, los guachinangos, los pargos, el robalo, las sardinas, las chernas, las truchas, los jureles, las lisas, el bagre, el cazón, el camarón, la “pigua” o langostino de agua dulce y el ostión.

Especial interés merece el manatí, ese animal casi mítico, que la imaginación de los conquistadores, confundió con las sirenas. Este obeso mamífero – en ocasiones llega a pesar hasta 700 kilogramos – más que una sirena parecería una vaca acuática. Pese a que se trata de un animal inofensivo se ha visto terriblemente diezmado y ya es casi imposible admirarlo. Misioneros y navegantes lo describieron porque a todos parecía u anima fantástico por su apariencia y sus costumbres.

Un cronista francés, quien cuenta que ya en 1677 era muy difícil encontrar un manatí, observa que tiene mala vista pero excelente oído, que se alimenta de hierbas acuáticas y que, una ve satisfecho, duerme plácidas siestas en las riberas, roncando y ofreciéndose como presa fácil. Aquel misionero relata que la hembra amamanta a sus hijos y entre la madre manatí y sus pequeños, se da un verdadero afecto; durante meses la madre lleva al hijo junto a ella, bajo uno de sus brazuelos. William Dampier, un filibustero inglés que participó en las correrías por Campeche y Tabasco, y luego escribió un Viaje alrededor del mundo, que lo hizo famoso, recuerda que aquí abundan en la boca de los ríos y en los arroyos y que, donde era escasa la profundidad, todo el lomo flotaba fuera del agua mientras ellos “pastaban a placer”.

Haciendo referencia a los animales raros, no puede pasarse por alto al singular pejelagarto, que debe su nombre a su extraña apariencia: la cabeza parece de lagarto, pero el cuerpo es de pez. Hay quien dice que se trata del “eslabón perdido” entre peces y saurios: parece, es verdad, un vestigio prehistórico. Evoca también aquellos remotos tiempos la iguana, cuya rugosa piel se cofunde con troncos y piedras.

El lagarto y el garrobo (iguana grande, de color amarillo oscuro) todavía habitan, aunque ya muy mermados, las márgenes de ríos, lagunas y pantanos. Entre los reptiles, la tortuga se consume mucho – especialmente el pochitoque, capturado en los pantanos en tiempo de seca.

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